1 Sobre el Amor
E-l amor es paciente y bemgno. El amor no es celoso, no es jactancioso y no es orgulloso. El amor no es descortés, no es egoísta y no se irrita con los demás. El amor no cuenta faltas que se han cometido. El amor no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. El amor acepta pacientemente todas las cosas. Siempre confía, siempre espera y siempre permanece fuerte.
1 Co. 13:4-7
¿Dónde está el Niño Jesús?
Honraré la Navidad en mi corazón y trataré de mantenerla todo el año.
Charles Dickens
¡¿Un nacimiento sin el Niño Jesús?! Cada Navidad coloco con orgullo uno en mi hogar. Para mí, es un recuerdo de una Navidad en la que compré un nacimiento roto. Yo estaba amargada y descorazonada aquel año porque mis padres, después de 36 años de matrimonio, se estaban divorciando. No podía aceptar su decisión de separarse, así que me deprimí, sin darme cuenta de que ellos necesitaban de mi amor y de mi comprensión más que nunca.
Mis pensamientos estaban constantemente llenos de recuerdos de mi infancia, con los enormes árboles de Navidad, las decoraciones brillantes, los regalos especiales y el amor que compartíamos como una familia unida. Cada vez que pensaba en aquellos momentos, estallaba en lágrimas, pensando que nunca volvería a sentir el espíritu de la Navidad otra vez. Pero por mis hijos, decidí hacer un esfuerzo y me uní a los compradores de último minuto.
Entre tropezones, empellones y quejidos, la gente tomaba cosas de las repisas y los estantes. Las luces y los adornos de Navidad asomaban de las cajas abiertas, y las pocas muñecas y los muñecos de peluche que estaban en las repisas casi vacías me recordaban a los huérfanos abandonados. Un pequeño nacimiento había caído al piso frente a mi carrito de compras y me detuve para ponerlo en la repisa.
Después de ver la interminable fila para pagar, decidí que no valía la pena el esfuerzo, y ya me había hecho a la idea de irme, cuando repentinamente escuché una voz fuerte y chillona, al otro lado del anaquel.
—¡Sarah! ¡Sácate eso de la boca ahora mismo, o te voy a dar una bofetada! —¡Pero mamita! ¡No me lo estoy metiendo en la boca! ¿Ves, mamá? ¡Lo estoy besando! ¡Mira, mamita, es un niñito Jesús! —¡Bueno, no me importa lo que sea! ¡Colócalo en su lugar ahora mismo! ¿Me oíste? —Pero ven a ver, mamita —insistía la niña—. Está todo roto. ¡Es un pequeño pesebre y el niñito Jesús se rompió!
Mientras escuchaba esto, me descubrí sonriendo y queriendo ver a la pequeña que había besado al Niño Jesús. Tenía como cuatro o cinco años de edad y no iba adecuadamente vestida para este clima húmedo y frío. Sus trenzas estaban atadas con pedazos de estambre de colores, haciéndola lucir alegre a pesar de su andrajoso atuendo.
Con renuencia, dirigí la mirada hacia su madre. No estaba prestando ninguna atención a la niña, sino que buscaba ansiosa las etiquetas de los abrigos de invierno en el estante de ofertas. Ella también vestía andrajosamente y sus rotas y sucias zapatillas de tenis estaban mojadas por la nieve que se había derretido. En su carrito de compras dormía un pequeño bebé, envuelto en una gruesa y deslavada manta amarilla.
—¡Mamita! —le decía la niña—, ¿no podemos comprar este niñito Jesús? Podríamos ponerlo en la mesa junto al sofá y podríamos... —¡Te dije que soltaras eso! —interrumpió la madre—. ¡Ven aquí inmediatamente o voy a darte una paliza! ¿Me oíste?
Enojada, la mujer fue tras la niña. Yo me di la vuelta, no queriendo ver lo que esperaba: que castigara a la niña como había amenazado. Pasaron unos segundos. No hubo movimiento ni regaño alguno; sólo un silencio absoluto. Confundida, espié nuevamente y me sorprendí al ver a la madre arrodillada sobre el piso sucio y mojado, apretando a la niña contra su cuerpo tembloroso. Trataba de decir algo, pero sólo podía emitir un desesperado sollozo. —¡No llores, mamita! —suplicaba la niña. Poniendo sus brazos alrededor de su madre, se disculpaba por su comportamiento—. Siento haberme portado mal en esta tienda. ¡Te prometo que no pediré nada más! Ya no quiero a este niñito Jesús. ¡De verdad que no lo quiero! Mira, lo pondré en el pesebre. ¡Por favor, no llores más, mamita!
—¡Yo también lo siento, cariño! —respondió su madre finalmente—. Tú sabes que no tengo suficiente dinero para comprar nada extra en este momento. Sólo estoy llorando porque quisiera poder hacerlo, por ser Navidad y todo eso, pero te apuesto que en la mañana de Navidad, si prometes ser una niña buena, encontrarás esa vajillita que pediste hace tiempo, y quizá el próximo año tendremos un árbol de Navidad de verdad. ¿Qué te parece?
—¿Sabes qué, mamita? —dijo la niña animadamente—. En realidad ya no quiero este niñito Jesús. ¿Sabes por qué? Porque mi maestra de la escuela dominical dice que Jesús realmente vive en tu corazón. Estoy contenta de que él viva en mi corazón. ¿Tú no, mamá?
Miré cómo la niña tomaba a su madre de la mano y juntas caminaban hacia la salida de la tienda. Sus palabras simples, dichas con emoción, resonaban aún en mi mente: ¡Él vive en mi corazón!
Miré el nacimiento. En ese momento me di cuenta de que un bebé nacido en un establo hace 2000 años todavía camina junto a nosotros, haciendo notar su presencia, trabajando para hacernos superar las dificultades de la vida. Si sólo lo dejáramos...
—Gracias, Dios mío —comencé a rezar—. Gracias por esa maravillosa niñez llena de recuerdos preciosos y por haber tenido padres que me brindaron un hogar y me dieron el amor que necesitaba durante los años más importantes de mi vida. Pero más que nada, gracias por darnos a tu hijo.
Rápidamente recogí las piezas del nacimiento y me acerqué de inmediato al mostrador. Reconocí a una de las dependientas y le pedí que le diera la figura del Niño Jesús a la niñita que estaba abandonando la tienda con su madre, y le dije que yo pagaría en seguida. Observé cómo la niña aceptaba el regalo y luego daba otro beso al niñito Jesús mientras cruzaba el umbral de la puerta.
¡El pequeño nacimiento roto me recuerda cada año a una niña cuyas simples palabras tocaron las fibras de mi ser y transformaron mi desesperación en un nuevo sentimiento de seguridad y alegría!
El niñito Jesús no está, por supuesto; pero cada vez que miro el pesebre vacío sé que si alguien me pregunta: ¿Dónde está el Niño Jesús?, podré entonces responder: ¡Él está en mi corazón!
Jeannie S. Williams
©2008. Jeannie S. Williams. All rights reserved. Reprinted from Sopa de Pollo para el Alma del Cristiano by Jack Canfield, Mark Victor Hansen, Patty Aubery, Nancy Mitchell Autio. No part of this publication may be reproduced, stored in a retrieval system or transmitted in any form or by any means, without the written permission of the publisher. Publisher: Health Communications, Inc., 3201 SW 15th Street , Deerfield Beach , FL 33442.
|